Barcelona, Londres, Santiago, Bruselas… siempre que ocurre una catástrofe con víctimas ya sea por un accidente o fruto de un atentado terrorista, resurge el debate moral sobre el papel de los medios que cubren lo ocurrido. En el caso que nos toca más recientemente, tras el ataque en Barcelona, las redes sociales eran un hervidero de opiniones en contra de difundir imágenes de lo ocurrido, de no informar con lo que estaba ocurriendo en ese momento con fotografías o vídeo del lugar. De no mostrar el horror.

Como fotoperiodista no puedo concebir la información o el documentar un hecho (ya sea trágico, histórico o cotidiano) sin imágenes, pero como profesional, trabajo desde un criterio ético: deontología profesional. Como fotógrafo se que es necesario cubrir una realidad que por dura y cruel que sea es la que es. Disfrazarla de menos grave o endulzarla sería mentir, pero para mostrarla tampoco es necesario publicar el rigor mortis de las victimas. De ahí que la información tenga que ser hecha por profesionales.

Las imágenes grotescas y llenas de morbo son el resultado de lo que quiere el consumidor final, siendo además, hechas por personas ajenas al mundo de la información. Esto ha dado lugar a la tendencia del ‘todo vale’. Los medios publican las fotos de los testigos por duras que sean y crean campañas de clickbait para atraer lectores y generar visitas; y los testigos graban y fotografían en vez de ayudar a las víctimas por el morbo o el ego de contar que ‘yo estuve allí’.

Pero, ¿qué diferencia hay entre un fotoperiodista y un testigo a la hora de informar sobre un atentado? El fotógrafo sabe el poder comunicativo que tiene una imagen. Fotografías como la de Aylan removieron la conciencia de Europa, o las imágenes de los campos de exterminio Nazi nos enseñan la barbarie de lo que ha ocurrido. Sin estas fotos, ¿conoceríamos verdaderamente hasta dónde llega el horror? Evidentemente la fotografía se hace necesaria para informar y mostrar a generaciones futuras lo ocurrido, y el que estas imágenes sean hechas por profesionales nos asegura una información veraz y sin el ‘target’ del morbo o la visita de la noticia, aunque sean totalmente explicitas.

Como profesional, un fotógrafo será objetivo a la hora de cubrir una noticia, mostrando siempre la realidad por dura que sea, tratando siempre con respeto a la victimas y sin dificultar la labor de las fuerzas de seguridad. Estas premisas son imposibles de cumplir para los testigos, que al ‘informar’ en todo momento de lo que ocurre en directo, pueden llegar a comprometer una operación policial. Pero si que los testigos en vez de socorrer se dediquen a grabar no ayuda, que las redes sociales se llenen de gatitos tampoco. Y es que como sucedió con Bruselas, tras el atentado de Barcelona se compartieron imágenes de gatitos para evitar que las redes sociales se llenaran de imágenes grotescas.

La difícil solución no pasa por la frivolidad de combatir una imagen dura con otra tierna, si no por que la sociedad tenga claro el papel fundamental que las imágenes tienen a la hora de mostrar unos hechos por duros que sean. Teniendo en cuenta que al igual que existen profesionales a la hora de tratar a las victimas, los hay para contar lo ocurrido en sus imágenes, evitando así mayor sufrimiento para estas y ofreciendo una correcta información de lo ocurrido. Para ello el cambio debe comenzar por la sociedad, que debe dejar de consumir noticias basadas en el clickbait y exigir que la información sensible se trate con la profesionalidad necesaria. La realidad es la que es, y no podemos negarla. A día de hoy conocemos la devastación que del napalm provoca gracias a que Nick Ut reflejo el horror de aquella niña o el verdadero horror nazi de los campos de exterminio mas allá de las fotos de los combates de Capa, por las fotos de las montoneras de cadáveres y los supervivientes.

Si las imágenes de los profesionales que tratan los hechos de una manera fiel y con ética profesional son duras e inhumanas es porque la realidad es tal. Fiel reflejo de la sociedad de ojos vendados en la que vivimos. Imágenes si. Morbo no.

 

La imagen de cabecera pertenece al autor de este artículo, Ángel Pérez Meca

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