Como alguien dijo, Consuelo Kanaga (1894-1978) es una fotógrafa tan trascendente como poco conocida: sus fotografías son un valioso y personal testimonio de su tiempo y de la realidad que la rodeaba, aunque esas imágenes no hayan sido tan difundidas o tan valoradas como las de otros coetáneos suyos. Nacida en una familia con una clara conciencia social, empezó en el periodismo escribiendo pero rápidamente se vio atraída por la fotografía y pronto cambió la pluma por la cámara. Más allá del ámbito periodístico, se empezó a interesar por la fotografía artística y acabó montando su propio estudio de retratos.

Su compromiso social se refleja muy bien en esos retratos, en el tratamiento que da a los personajes que inmortaliza: incluso las imágenes más ásperas tienen una gran belleza, y siempre mantienen un punto romántico que apoya ese afán de justicia que siempre estuvo en su ánimo, destacando la dignidad del individuo por encima de su desgracia o su sufrimiento. “El horror de la pobreza y la belleza de las personas”, como ella misma decía. Estampas que nos acercan a la realidad social de las clases más desfavorecidas y de las minorías raciales oprimidas, pero siempre desde una perspectiva de respeto y de esperanza, de mirar más allá de la simple fachada – y, de paso, de intentar sacudir con ello algunas conciencias.

Pero Consuelo no se limitaba a hacer retratos ni se fijaba solo en las miserias de su entorno. A menudo también buscaba la simple belleza de un detalle, algo que – según confesaba ella misma – siempre la fascinó, ya fuera en objetos cotidianos o en plena naturaleza, pero con el nexo común de la sencillez y la precisión de su mirada, imágenes en las que no hay elementos que sobren ni distraigan la atención sobre lo que nos quiere mostrar. Además, si bien la parte más interesante de su trabajo probablemente sea en la que nos muestra las desigualdades de la sociedad de su tiempo, su obra también se acerca a los cambios y la transformación que el mundo estaba experimentando a través de la arquitectura o el entorno doméstico.

Contrastes entre la evolución de la sociedad, la vida en las grandes ciudades y las tradiciones perdurables en ámbitos rurales, los vertiginosos cambios en el rápido avance de la industrialización y la inmutable persistencia de la belleza natural, encontrando en todo ello un equilibrio que conlleva un acercamiento entre mundos, destacando el factor humano común a cualquier época y lugar. Sin llegar a formar parte de ellos, tuvo una gran afinidad con el grupo f/64, a quienes se sentía unida por esa necesidad de acercarse a las personas y los objetos de la manera más fiel posible a través de la nitidez que proporcionaba ese cierre máximo del diafragma en las cámaras de gran formato habituales en la época.

Kanaga supo captar muy bien un momento y un lugar, la Norteamérica de la primera mitad del siglo pasado, a la vez que era capaz de reflejar estéticamente la belleza de los paisajes y las gentes que le rodeaban. Un trabajo que ha merecido numerosas exposiciones retrospectivas y que queda resumido en Consuelo Kanaga: An American Photographer, una obra definitiva que recoge una amplia muestra de las fotografías que representan más fielmente su forma de ver el mundo.

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