Intentar reducir a Dash Snow en unas cuantas líneas es tan loco como su carrera, su vida, y sus fotografías. En realidad, es imposible racionalizar en palabras lo que rezuman sus fotografías.

Dash Snow. Nace y muere en la ciudad que jamás duerme, Nueva York. Nace y muere como un mito juvenil. Con 27 años de vida, vivió demasiado, y se desgastó excesivamente rápido. O no. O simplemente fue así, pero a los 27, como tantos otros, se fue. Nace y muere en verano, en el mes de julio, el verano, la locura, el sexo, el desenfreno, los amigos, las pizzas y la coca. Dash Snow vivía en verano crónico, aunque llevara la nieve en su nombre.

Snow estuvo desde que nació rodeado de arte. Su abuela era Christophe Menil, filántropa y coleccionista de arte, al igual que su bisabuela, Dominique de Menil. Su madre, Taya Thurman, hermana de Uma Thurman.

Con tan solo trece años, deja su casa al enviarle a un internado en Georgia. Nunca volverá al hogar, y se envuelve en un loco mundo de drogas y alcohol, lo que reflejará en sus polaroids, como un diario de las noches locas y las mañanas jodidas. Dash se dedicó a lo largo de su vida a la fotografía, a la escultura y a los collages. Tenía el pelo largo, estaba muy tatuado, y se rodeaba de todas las leyendas macarras de la ciudad. Empezó tímidamente a hacer Polaroids de los círculos con los que se movían, en los que abundaban el sexo y las drogas. Plasmó su vida en ellas, en realidad, tal y como lo hicieron en su día su amigo Ryan McGinley, u otros artistas como Nan Goldin o Larry Clark. Con quince años, funda un colectivo de graffiteros llamado Irak NY.

Dash Snow hizo su primera exposición particular en el año 2005, tan solo cuatro años antes lo que sería su fallecimiento por sobredosis de heroína, en el Rivington Arms, una galería del Lower East Side. Por aquel entonces, Snow estaba muy ligado a un grupo de artistas que experimentaban con la apropiación y el ‘metraje’ encontrado, tales como Nate Lowman, Adam McEwen o Dan Colen. Muchos le tachaban de niño rico con una Polaroid, y un perdido y heroinómano. Otros, en el mundo del arte, le equiparaban a la obra de Nan Goldin, con lo feo y lo sucio del día a día.

 

Un año más tarde, en el 2006, el Wall Street Journal calificó a Snow como uno de los diez mejores artistas emergentes de Estados Unidos, y se expuso su obra en museos de todo el planeta, como el Nicole Kragsbrun (Nueva York) o The Royal Academy de Londres.

Snow comenzó utilizando los periódicos de distintas maneras, dibujando con lápices de colores encima de fotografías históricas, haciendo collages que recordaban un poco al movimiento Dadá, y además, también utilizaba el soporte de película Super8. En definitiva, Snow tenía mucha vida que se rompía y tenía que sacar todo eso fuera. El cómo, era secundario. De hecho, todo lo que encendiera a la crítica artística, le encantaba. La revista New York echó pestes de Snow por hacer arte con copias eyaculadas del New York Post. Maravillosa oportunidad para hacer lo mismo con estos artículos y exponerlo en Los Ángeles.

Sus fotografías son lo más característico de su obra artística. Resume su visión decadente y desordenada, y sus círculos de amigos. Retratan sus momentos de ocio, y casi casi como si estuviéramos hablando del momento decisivo de Bresson, nos quedamos con sus instantes locos y fuera de control en Polaroids. Momentos plasmados en un papel: un abrazo post coital, una cerveza entre amigos después de sexo en grupo con tintes sadomasoquistas, un tipo empotrándose en un escaparate con un carro de supermercado, instantes íntimos durante el sexo o preliminares, un tipo metiéndose un pico. Snow retrata EL AHORA, porque igual, mañana, ya no estamos aquí. Ni la persona retratada, ni él mismo. Snow rezuma una nostalgia inesperadamente presente, reforzada por su prematura muerte.

A nivel compositivo y técnico: el caos. Desencuadres, perspectivas rotas, proporciones inexistentes, distribución de los pesos totalmente random. Snow es el caos, y eso es lo que muestra. Fotografías absolutamente subjetivas, del momento. Él y su cámara Polaroid que intenta aprehender absolutamente TODO lo que le rodea, lo que resume su día a día, desde el punto de vista en el que esté. Él saca la cámara y dispara. Y todo tiene sentido. No necesita teoría fotográfica. A veces enfoca, a veces no. Colores saturados, desgastados, rotos. Como salga. Es notable el uso de flash en recintos cerrados, y luz natural en espacios abiertos, aunque también aquí suele utilizarlo. Un Terry Richardson con más pelo, y más gamberro.

En cuanto a lo narrativo: Lo que hemos mencionado un poco más arriba en este texto. Instantes de su día a día con sus colegas, la decadencia de lo doméstico, casas llenas de droga, sexualidad libre y liberada, cero tabúes, lo sucio, lo feo y lo rutinario, y las resacas. La juventud que se escapa entre raya y raya. Sexualidad, violencia y fragilidad de la vida: los temas frecuentes de Dash Snow. De la misma manera que miras imágenes turbias, una tras otra, te sorprende con Polaroids de él mismo con un bebé en una cama, mirándole a los ojos. Ternura y excesos. El amor de la vida real. Habitaciones de hotel totalmente destrozadas.

Dash Snow hizo una instalación con Dan Colen en la que llenaron el Deitch Projects, una galería de arte del SoHo, con un montón de listines de teléfono destrozados, e invitaron a los visitantes a pasarlo bien, estar de fiesta y añadir graffitis en las paredes. Con esto queremos decir… su arte, ya fuera de fotografías, collages o instalaciones, era una llamada continúa a deshacer lo establecido, en lo formal y en el contenido.

Fue encontrado muerto de sobredosis en una bañera en Laffayette House, en Nueva York, con tan solo 27 años. Se acababa de divorciar de su mujer con la que se había casado a los 18, Agathe Aparru (más tarde conocida como Agathe Snow), dejando a una hija en común llamada Secret.

 

Comportamientos antisociales, el éxtasis, los hongos y la coca en sitios públicos. Un polemista a lo Mirbeau, un flaneur de los años 2000, un hijo de Warhol, un loco demasiado cuerdo, un barbudo que olía a sexo de ayer.

Muchos de sus trabajos fotográficos se recopilan en un libro póstumo, en Dash Snow: I Love You Stupid!

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